¡Qué bien estaría que pensar en la muerte no fuera un “corta-pedos”!
Me gustaría que el final inminente no tuviera más transcendencia que una cita fallida y no posponible, que un proyecto fracasado, que un deseo frustrado. Sin secuelas emocionales. Simples contratiempos aunque insalvables. Quiero mentalizarme de que no pasa nada. Morir no es grave, es definitivo.
No quiero dejarme llevar por la alarma social del trauma de la falta de algo de tí (aunque fuera la de algo tan incómodo como la menstruación), por el pánico a sufrir dolor.
Se puede aguantar un dolor sostenido, se pueden soportar las embestidas de los dolores punzantes, cabe ser capaz de contemplar la aguja atravesando la piel y la carne, llenarse la jeringa de sangre o vaciarse de alguna sustancia curativa. El cuerpo y el resentimiento se acomodan a la pérdida de un disfrute.
Necesito la misma mentalidad desmitificadora; de la vida, de la muerte, de la salud, el dolor, el sufrimiento, el abandono, el odio, el amor, la utilización...
Es paralizante un entorno de plañideros absurdos que se centran en tu morir, en tu dolor, tu mala suerte biográfica, tu no futuro, las paradojas o profecías de tu pasado... tu ser, reanalizado, reinterpretado.
Y a uno le tienta fantasear con ser un cadáver insigne para alguien, para la historia, para sí mismo.
Un muerto; que es él o lo soy yo. El fin del ciclo, sin más. Como aquello de “las cucarachas (salvando las distancias, deseo) nacen, crecen, se reproducen y mueren”. Igual de asimilable.
Uno no puede ya calzar aquellos zapatos del 27 (talla), y lo traga. Uno deja de pagar medio billete de autobús, y lo lleva bien. Y uno... “se llamaba”, ya ni siquiera se da cuenta de ese “aba” y ni lo puede echar de menos. No pasa nada.
Ciertamente, nos obsesionamos en exceso por lo que es inevitable, previsible y natural.
Quiero grabarme este básico pensamiento: “Desapareceré, desaparecerá”